La noche de la ciudad

Unos meses atrás desperté en CDMX. El viaje fue rápido y oscuro por lo que recuerdo manchas luminosas y la estación jazz de la radio. Pasamos casi todo el primer día en el Soumaya, viendo las esculturas de Rodin y las pinturas de El Greco que emocionaron a David casi hasta llegar a las lágrimas. Había algo en los ojos de las Magdalenas, un dolor secreto que sólo él comprendía y que me transmitieron de igual forma una tristeza inexplicable y ajena. La atribuí al teatro (mi novio es actor) y guardé el sentimiento para capturarlo después. Alquilamos una habitación en el corazón del centro histórico y la segunda noche salimos con la idea de encontrar algún bar interesante.

No lo hicimos.

Pasamos parte de la madrugada en las calles, observando a las personas que sin querer, nos mostraban un cachito de su alma, perdida y recuperada muchas veces en esas calles de colores interminables, de sonidos y polvo.

A las doce de la noche la Ciudad se transforma. Afuera de Bellas Artes los indigentes crean una hermosa habitación de neón con las luces moradas de la calle y bajo el resguardo del Palacio, acostados todos en una hilera, se duermen soñando el sueño de los artistas. Mientras los faros de los coches, van y vienen parpadeando como luciérnagas moribundas y nosotros observabámos ocultarse la luna por detrás de la torre latino.

La ciudad es un monstruo gigantesco de millones de caras. Cuadradas, angulosas y bien delimitadas que te miran mientras esperas estático dentro de los vagones del metro que ruge y avanza por sus venas de metal y tierra.IMG_4886 (1)

Karla Adalhí.

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Solitude

La última vez que fui al bosque me perdí entre los árboles. Fue una decisión que al principio consideré poco acertada. Pero que con el caer de la noche, fui aceptando como una de las más interesantes de mi vida. La oscuridad, las hojas y el silencio fueron el llamado a una de las aventuras que me llevarían a conectarme con el centro del universo. Sentada en un tronco, totalmente perdida disfrutando del frío, del vacío y del tenue sonido de la hojarasca bajo mis pies. El viento es un amigo, que puede convertirse en un extraordinario orientador y esa certeza fue la que me hizo seguirlo.

Conocí la oscuridad que Goya tanto describía y descubrí por qué las brujas hacían sus sabbats bajo la luna, entre los árboles, el fuego y el sonido desgarrante he hilarante de las hojitas revoloteando en el aire. Mi abuela tiene un rancho con muchas veredas de árbolitos de naranjas. Cuando era más joven, mucho más joven, solía buscar, a propósito, la posibilidad de perderme entre esas calles frescas y arómaticas. Y regresaba un poco arañada, como si todas las ramas del sendero comenzaran a defender un secreto oscuro y antiguo. Que yo descubría y que recordé ese día en el otoño cuando para finalizar, entre lo brumoso e intenso que puede llegar a ser el silencio del bosque, escuché venir la tormenta y supe que había encontrado el camino de regreso.

Después de eso, la última vez que anduve caminando en la lluvia fue un dos de noviembre y un señor que vendía flores, me había regalado su última macetita de cempasúchil. Recuerdo que desde siempre me ha gustado el olor del día de muertos. Y que la lluvia siempre me ha provocado algo de entusiasmo y nostalgia. En otoño el mundo cambia de color, los tonos son menos luminosos, el calor baja y por todos lados hay hojas secas esperando a ser pisadas y amontonadas. Ese día había pasado toda la tarde viendo patos en el lago de un parque casi abandonado. Tenía la costumbre de hacer ese tipo de paseos cuando me sentía abrumada, pero en esa ocasión mi ánimo era bueno en exceso. Con el transcurso del día y del camino supe que iba a ser mi última caminata en verdadera soledad. Y así lo fue.

Karla Adalhí.

Sobre el camino and stuff

El otro día descubrí que una de las cosas que más disfruto hacer es viajar. No es el sitio, es el trayecto. Los árbolitos del camino, las rocas, las nubes, la música. Las charlas o el silencio. Recuerdo haber hecho viajes muy largos de niña en donde papá aprovechaba para escuchar toda la discografía de los Doors mientras señalaba alguna nube o montaña particularmente bien formada y reía mientras el aire le revolvía el cabello y el sol se reflejaba en sus ray-ban color miel y sepia. 

En esos días descubrí que mi pasión se hallaba en el viento y que el viento llegaba gracias a la velocidad y a una combinación de eventos fisícos que me hicieron seguirlo el resto de mi vida. Así el camino, se convirtió en la excusa para disfrutar del aire, del cielo y de la oportunidad de aprender algo nuevo. A la larga busqué el encuentro con la velocidad en ocasiones que no implicaran gastar precisamente gasolina y lo encontré saltando, corriendo en el patio. En los columpios, los juegos mecánicos y a veces, hasta cerrando los ojos frente a mi ventana. Fue cuando de cierto modo, comprendí que el camino era un asunto metáforico y que la vida y la contemplación de la misma podían resultar en viaje. Así fue como empecé a escribir notas sobre las cosas que he disfrutado. Hace poco me encontré con el inconveniente de que cargar libretas puede terminar en perder libretas y decidí unirme a este mundo virtual con el fin de utilizar mi teléfono y compartir con quien quiera leer, parte de mi contemplación de la existencia, pero más especifícamente percepciones de lugares, sabores, colores, olores y texturas que podrían ser utiles para aquel que, como yo, haya disfrutado del camino. Un abrazo entonces al viajero ávido de viento. 

Karla Adalhí. 

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