Incendiario

Sobre una sociedad que quema selvas y mujeres

Por Karla Adalhí

Si coincidimos con la idea de simultaneidad del tiempo que trajo consigo el entendimiento de la teoría de la relatividad, podemos afirmar que, en este mismo momento, hay mujeres cuya piel, ojos y labios se derriten a causa del calor de las llamas de aquellos que encendieron hogueras en su contra por haberlas encontrado brujas y herejes. Y aunque siempre me ha gustado imaginarlas libres, con el cabello ondeando como símbolo de rebelión y éxtasis, no es suficiente para olvidar la persecución que miles de mujeres padecieron (y padecen) a causa de haber pensado diferente. Qué injusta ha sido la sociedad al haber desvirtuado la capacidad de opinar y discrepar respecto a lo establecido. Al ir marcando y satanizando la manera de comportarnos y expresarnos. Reprimiendo la forma en que entendemos el mundo que nos rodea.

El planeta ha recorrido el universo llevándonos indolentes a través de un viaje del que, a excepción de unos cuantos chispazos de entendimiento, pocos han sido conscientes. Hace poco platicaba respecto a los años que lleva la humanidad existiendo en el planeta, a manera de un friendly reminder de humildad y compromiso, pues en este cortísimo tiempo compartido con los demás habitantes, destruimos y modificamos nuestro entorno con una rapidez impresionante, pero continuamos indefensos ante la fuerza de la naturaleza.

El ser humano (nos incluiré a todos y después iré delimitando) perdió muy pronto su capacidad de empatía. Preocupados todos, por nuestros propios intereses olvidamos que no estamos solos en la Tierra y al tratar de obtener poder (con la absurda idea de que el poder es generador de respeto) perdimos el respeto hacia todos y hacia todo. Aprendimos que la naturaleza puede ser destructiva y esa destrucción, nos hizo sentirla poderosa. Buscamos imitarla destruyendo y terminamos usando la humillación para ese fin. La naturaleza es poderosa por una relación intrínseca, no busca supremacía. Pero el poder es destructivo cuando se entiende como el deseo de estar por encima de otros seres (entendiendo como seres a todo lo que tiene vida).

Hemos conformado un mundo que se comunica por medio de símbolos y en él, entendimos a la naturaleza como una deidad femenina. El hombre ha establecido su supremacía mostrándose por encima de Ella. En el pasado, a las mujeres que buscaron su poder, se les llamó brujas y murieron quemadas por ir en contra de lo que la sociedad había entendido como “correcto”. Al final, se nos sigue asociando con la naturaleza y a la naturaleza le seguimos llamando Madre.

Nos encontramos ante hombres que asesinan mujeres, pero lo peor es que es mucho más que eso. Se trata de seres humanos dañando y humillando a otros seres para sentirse superiores, para imponerse de un modo destructivo y carente de ética que de la misma manera que nos afecta a nosotras, afecta a las plantas, los océanos, los animales y todos aquellos que piensan distinto a ellos.

La pregunta es ¿Cuándo inició esta concepción de poder? ¿Fue en el momento en que el humano se dio cuenta de que podía manipular al otro? hace poco, desempolvé mi libro del Laberinto de la soledad para prestárselo a David y encontré una de sus páginas marcadas con un boleto de camión de cuando recién entré a la Facultad. El párrafo destacado por mí yo de 17 años dejó un mensaje para mí yo adulto que sin querer, contestaba a algunos de los acontecimientos que hemos estado viviendo desde el viernes pasado en que la marcha feminista en CDMX dejó ofendido a un México indiferente ante la violencia feminicida pero alterado por grafitis y brillantina en la Victoria Alada (Ángel de la independencia) o una sociedad apenas preocupada por el incendio ignorado por Bolsonaro, que consume al Amazonas desde hace semanas para satisfacer los intereses políticos del capitalismo.

Octavio Paz escribe en su párrafo que las representaciones populares que se hace el mexicano de la “virilidad” toman su referencia de la representación de un dios-padre tirano, colérico y devorador de vida, donde su “superioridad” se utiliza para humillar. Estableciendo al “macho” y colocándole como el “gran chingón” (porque chinga) por poder y usa la agresividad, impasibilidad, invulnerabilidad y el uso descarnado de la violencia para demostrar su “fuerza”.

Leer la idea del “macho” como figura de poder destructiva me recuerda que tipo de humanidad es tóxica para el mismo planeta. Estamos hablando de que el mismo tipo de humanos que violan, asesinan y humillan a otros humanos para demostrar supremacía es la misma peste que destruye una selva para producir dinero y que en ambos casos es el único medio que entienden para obtener “poder”.

Tiranos que deciden pasar por encima de otros y que elevan sus intereses por encima del respeto hacia los demás humanos y especies, son parias cuyo comportamiento necesitamos erradicar si queremos vivir en un mundo libre.

El párrafo, tomado de El laberinto de la soledad, Octavio Paz. 1950.

“En todas las civilizaciones la imagen del Dios padre -apenas destrona a las
divinidades femeninas- se presenta como una figura ambivalente, por una parte ya sea Jehová, Dios creador, Zeus, Rey de la creación, Regulador cósmico, el Padre encarna el poder genérico, el origen de la vida; por la otra, es el principio anterior, el Uno de donde todo nace y adonde todo desemboca. Pero además es el dueño del rayo y del látigo, el tirano y el ogro devorador de la vida. Este aspecto -Jehová colérico, Dios de ira, Saturno, Zeus violador de mujeres- es el que aparece casi exclusivamente en las representaciones populares, que se hace el mexicano del poder viril. El “macho”; representa el polo masculino de la vida. La frase “yo soy tu padre”; no tiene ningún sabor paternal, ni se dice para proteger, resguardar o conducir, si no para imponer su superioridad, esto es, para humillar. Su significado real no es distinto al del verbo chingar y algunos de sus derivados. El “Macho”; es el gran Chingón. Una palabra resume la agresividad, impasibilidad, invulnerabilidad, uso descarnado de la violencia y demás atributos del “macho”: poder. La fuerza, pero desligada de toda noción de orden: el poder arbitrario, la voluntad sin freno y sin cauce.”

 

La foto tomada de https://www.instagram.com/surtidx.chidx/

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instagram: @surtidx.chidx

La noche de la ciudad

Unos meses atrás desperté en CDMX. El viaje fue rápido y oscuro por lo que recuerdo manchas luminosas y la estación jazz de la radio. Pasamos casi todo el primer día en el Soumaya, viendo las esculturas de Rodin y las pinturas de El Greco que emocionaron a David casi hasta llegar a las lágrimas. Había algo en los ojos de las Magdalenas, un dolor secreto que sólo él comprendía y que me transmitieron de igual forma una tristeza inexplicable y ajena. La atribuí al teatro (mi novio es actor) y guardé el sentimiento para capturarlo después. Alquilamos una habitación en el corazón del centro histórico y la segunda noche salimos con la idea de encontrar algún bar interesante.

No lo hicimos.

Pasamos parte de la madrugada en las calles, observando a las personas que sin querer, nos mostraban un cachito de su alma, perdida y recuperada muchas veces en esas calles de colores interminables, de sonidos y polvo.

A las doce de la noche la Ciudad se transforma. Afuera de Bellas Artes los indigentes crean una hermosa habitación de neón con las luces moradas de la calle y bajo el resguardo del Palacio, acostados todos en una hilera, se duermen soñando el sueño de los artistas. Mientras los faros de los coches, van y vienen parpadeando como luciérnagas moribundas y nosotros observabámos ocultarse la luna por detrás de la torre latino.

La ciudad es un monstruo gigantesco de millones de caras. Cuadradas, angulosas y bien delimitadas que te miran mientras esperas estático dentro de los vagones del metro que ruge y avanza por sus venas de metal y tierra.IMG_4886 (1)

Karla Adalhí.

Solitude

La última vez que fui al bosque me perdí entre los árboles. Fue una decisión que al principio consideré poco acertada. Pero que con el caer de la noche, fui aceptando como una de las más interesantes de mi vida. La oscuridad, las hojas y el silencio fueron el llamado a una de las aventuras que me llevarían a conectarme con el centro del universo. Sentada en un tronco, totalmente perdida, disfrutando del frío, del vacío y del tenue sonido de la hojarasca bajo mis pies. Descubrí que el viento es un amigo, que puede convertirse en un extraordinario orientador y esa certeza fue la que me hizo seguirlo.

Conocí la oscuridad que Goya tanto describía y entendí por qué las brujas hacían sus sabbats bajo la luna, entre los árboles, el fuego y el sonido desgarrante e hilarante de las hojas revoloteando en el aire. Mi abuela tiene un rancho con muchas veredas de árbolitos de naranjas. Cuando era más joven, mucho más joven, solía buscar, a propósito, la posibilidad de perderme entre esas calles frescas y arómaticas. Regresaba un poco arañada, como si todas las ramas del sendero comenzaran a defender un secreto oscuro y antiguo. Que yo descubría y que recordé ese día en el otoño cuando para finalizar, entre lo brumoso e intenso que puede llegar a ser el silencio del bosque, escuché venir la tormenta y supe que había encontrado el camino de regreso.

Después de eso, la última vez que anduve caminando en la lluvia fue un dos de noviembre y un señor que vendía flores, me había regalado su última maceta de cempasúchil. Recuerdo que desde niña me ha gustado el olor del día de muertos. Y que la lluvia siempre me ha provocado algo de entusiasmo y nostalgia. En otoño el mundo cambia de color, los tonos son menos luminosos, el calor baja y por todos lados hay hojas secas esperando a ser pisadas y amontonadas. Ese día había pasado toda la tarde viendo patos en el lago de un parque casi abandonado. Tenía la costumbre de hacer ese tipo de paseos cuando me sentía deprimida, pero en esa ocasión mi ánimo era muy bueno. Con el transcurso del día y del camino supe que iba a ser mi última caminata en verdadera soledad. Y así lo fue.

Karla Adalhí.

Sobre el camino and stuff

El otro día descubrí que una de las cosas que más disfruto hacer es viajar. No es el sitio, es el trayecto. Los árbolitos del camino, las rocas, las nubes, la música. Las charlas o el silencio. Recuerdo haber hecho viajes muy largos de niña en donde papá aprovechaba para escuchar toda la discografía de los Doors mientras señalaba alguna nube o montaña particularmente bien formada y reía mientras el aire le revolvía el cabello y el sol se reflejaba en sus ray-ban color miel y sepia. 

En esos días descubrí que mi pasión se hallaba en el viento y que el viento llegaba gracias a la velocidad y a una combinación de eventos fisícos que me hicieron seguirlo el resto de mi vida. Así el camino, se convirtió en la excusa para disfrutar del aire, del cielo y de la oportunidad de aprender algo nuevo. A la larga busqué el encuentro con la velocidad en ocasiones que no implicaran gastar precisamente gasolina y lo encontré saltando, corriendo en el patio. En los columpios, los juegos mecánicos y a veces, hasta cerrando los ojos frente a mi ventana. Fue cuando de cierto modo, comprendí que el camino era un asunto metáforico y que la vida y la contemplación de la misma podían resultar en viaje. Así fue como empecé a escribir notas sobre las cosas que he disfrutado. Hace poco me encontré con el inconveniente de que cargar libretas puede terminar en perder libretas y decidí unirme a este mundo virtual con el fin de utilizar mi teléfono y compartir con quien quiera leer, parte de mi contemplación de la existencia, pero más especifícamente percepciones de lugares, sabores, colores, olores y texturas que podrían ser utiles para aquel que, como yo, haya disfrutado del camino. Un abrazo entonces al viajero ávido de viento. 

Karla Adalhí. 

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