Sobre viajes más bien fílmicos.

Sobre Birdman e Inland Empire 

La actuación es un ejercicio interesante, es un acto tan personal que se mezcla con la vida del actor. Los personajes y las situaciones que representa se convierten en parte
fundamental de su experiencia como individuo. El ser humano es ya de por sí un ser
complejo, transmitir emociones por medio del cuerpo es un trabajo complicado. Perderse
puede ser una cosa sencilla si no es que lo más natural. No por nada hay que tener un poco de problemas para ser capaz de representar tantas situaciones, tantos seres, objetos, animales. Y no porque los problemas sean cuestión negativa, la imaginación versátil permite que sea más fácil la labor. En el mejor de los casos el actor experimenta una revelación de sí mismo a través de los personajes que representa, en el peor de ellos, puede perderse dentro de ellos. El punto es que perderse no siempre es una cosa tan horrible.
Después de todo, la pérdida implica un reconocimiento.

La idea de éstas dos películas consiste en mostrar ese mismo ejercicio. En ambas, el
actor siente y vive tan intensamente sus interpretaciones que se pierde un poco dentro de ellas. El guión va de la mano de situaciones extrañas mezcladas con cuestiones totalmente comunes que alude a historias complejas y hasta cierto punto difíciles de entender para el espectador común.

Lo que queda entre la pantalla, el actor y el espectador es una situación que concierne a Iñarritu y Lynch y que logran plasmar de manera explícita y hasta un poco
irónica en las cintas que se presentan a continuación.
Birdman cuenta la historia de un actor de mediana edad que arrastra con el personaje que le dio más fama: un superhéroe. En la cúspide de su carrera, busca trascender y comienza a hacer teatro complicado basado en la obra de Carver “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. Constantemente juzgado por la crítica que considera que no es lo suficientemente apto para incursionar en el ámbito en el que desea incursionar, el actor colisiona ante la inmensa necesidad de ser recordado y la de estancarse en su papel más importante. De esta manera, comienza un diálogo entre él y su alter-ego Birdman hasta que logra mezclarlos y es entonces, al entender y encontrar su equilibrio que logra crear algo importante.

Inland Empire es una historia muy simple que se vale de recursos narrativos complejos para mostrar el desarrollo de una actriz que se pierde entre sus personajes. La idea principal de la película es un leitmotiv en la obra de Lynch: el director como un voyeur
y su intromisión con el actor y el espectador. Existen varias metaficciones dentro de la
historia principal. La primera línea narrativa la compone la actriz que obtiene el papel de su vida y una advertencia de que la anterior actriz que lo obtuvo. La segunda es una mujer que mira el televisor y llora (esta parece irrelevante, pero irá cobrado fuerza y sentido conforme avanza la película. La segunda es la historia de tres conejos en una still com (lo que parece el cuadro más surrealista de los tres) donde su única función es un diálogo, al parecer sin sentido, que cobra forma en la observación detenida de las tres historias. Por un lado, es bastante evidente lo que ocurre. El director, la actriz, el  espectador, al igual que las tres situaciones están ligadas y fácilmente pueden ser manipulados. Lynch logra trascender tanto a la pantalla, entrometerse con tanta fuerza en la vida de sus personajes que crea una atmosfera intensa, pesada y perturbadora no sólo para ellos si no para el espectador. No por nada la película en sí es una pesadilla visual para quién la ve. Y eso es lo más importante: un trabajo tan limpio, tan cuidado y tan consciente que convierte a quién lo ve en un personaje más dentro del mundo narrativo.

La perspectiva y la historia de las dos películas es totalmente distinta pero el
enfoque es el mismo: actuación y dirección como actos complejos que tocan las fibras más profundas del ser. Y que en conjunto trabajan y trascienden situaciones que salen de la pantalla. No es coincidencia que para el papel de Birdman, Iñarritu haya buscado a Michael Keaton (quién interpretó a Batman) o que Laura Dern (la actriz de Inland Empire) haya sido la favorita de Lynch en tres de sus obras más importantes. Se trata de un ejercicio complicado de realidad y de cómo esta puede tergiversarse tanto para crear atmosferas escénicas que sobrepasan la ficción contada en un filme.

Karla Adalhí

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La noche de la ciudad

Unos meses atrás desperté en CDMX. El viaje fue rápido y oscuro por lo que recuerdo manchas luminosas y la estación jazz de la radio. Pasamos casi todo el primer día en el Soumaya, viendo las esculturas de Rodin y las pinturas de El Greco que emocionaron a David casi hasta llegar a las lágrimas. Había algo en los ojos de las Magdalenas, un dolor secreto que sólo él comprendía y que me transmitieron de igual forma una tristeza inexplicable y ajena. La atribuí al teatro (mi novio es actor) y guardé el sentimiento para capturarlo después. Alquilamos una habitación en el corazón del centro histórico y la segunda noche salimos con la idea de encontrar algún bar interesante.

No lo hicimos.

Pasamos parte de la madrugada en las calles, observando a las personas que sin querer, nos mostraban un cachito de su alma, perdida y recuperada muchas veces en esas calles de colores interminables, de sonidos y polvo.

A las doce de la noche la Ciudad se transforma. Afuera de Bellas Artes los indigentes crean una hermosa habitación de neón con las luces moradas de la calle y bajo el resguardo del Palacio, acostados todos en una hilera, se duermen soñando el sueño de los artistas. Mientras los faros de los coches, van y vienen parpadeando como luciérnagas moribundas y nosotros observabámos ocultarse la luna por detrás de la torre latino.

La ciudad es un monstruo gigantesco de millones de caras. Cuadradas, angulosas y bien delimitadas que te miran mientras esperas estático dentro de los vagones del metro que ruge y avanza por sus venas de metal y tierra.IMG_4886 (1)

Karla Adalhí.

Solitude

La última vez que fui al bosque me perdí entre los árboles. Fue una decisión que al principio consideré poco acertada. Pero que con el caer de la noche, fui aceptando como una de las más interesantes de mi vida. La oscuridad, las hojas y el silencio fueron el llamado a una de las aventuras que me llevarían a conectarme con el centro del universo. Sentada en un tronco, totalmente perdida disfrutando del frío, del vacío y del tenue sonido de la hojarasca bajo mis pies. El viento es un amigo, que puede convertirse en un extraordinario orientador y esa certeza fue la que me hizo seguirlo.

Conocí la oscuridad que Goya tanto describía y descubrí por qué las brujas hacían sus sabbats bajo la luna, entre los árboles, el fuego y el sonido desgarrante he hilarante de las hojitas revoloteando en el aire. Mi abuela tiene un rancho con muchas veredas de árbolitos de naranjas. Cuando era más joven, mucho más joven, solía buscar, a propósito, la posibilidad de perderme entre esas calles frescas y arómaticas. Y regresaba un poco arañada, como si todas las ramas del sendero comenzaran a defender un secreto oscuro y antiguo. Que yo descubría y que recordé ese día en el otoño cuando para finalizar, entre lo brumoso e intenso que puede llegar a ser el silencio del bosque, escuché venir la tormenta y supe que había encontrado el camino de regreso.

Después de eso, la última vez que anduve caminando en la lluvia fue un dos de noviembre y un señor que vendía flores, me había regalado su última macetita de cempasúchil. Recuerdo que desde siempre me ha gustado el olor del día de muertos. Y que la lluvia siempre me ha provocado algo de entusiasmo y nostalgia. En otoño el mundo cambia de color, los tonos son menos luminosos, el calor baja y por todos lados hay hojas secas esperando a ser pisadas y amontonadas. Ese día había pasado toda la tarde viendo patos en el lago de un parque casi abandonado. Tenía la costumbre de hacer ese tipo de paseos cuando me sentía abrumada, pero en esa ocasión mi ánimo era bueno en exceso. Con el transcurso del día y del camino supe que iba a ser mi última caminata en verdadera soledad. Y así lo fue.

Karla Adalhí.

Sobre el camino and stuff

El otro día descubrí que una de las cosas que más disfruto hacer es viajar. No es el sitio, es el trayecto. Los árbolitos del camino, las rocas, las nubes, la música. Las charlas o el silencio. Recuerdo haber hecho viajes muy largos de niña en donde papá aprovechaba para escuchar toda la discografía de los Doors mientras señalaba alguna nube o montaña particularmente bien formada y reía mientras el aire le revolvía el cabello y el sol se reflejaba en sus ray-ban color miel y sepia. 

En esos días descubrí que mi pasión se hallaba en el viento y que el viento llegaba gracias a la velocidad y a una combinación de eventos fisícos que me hicieron seguirlo el resto de mi vida. Así el camino, se convirtió en la excusa para disfrutar del aire, del cielo y de la oportunidad de aprender algo nuevo. A la larga busqué el encuentro con la velocidad en ocasiones que no implicaran gastar precisamente gasolina y lo encontré saltando, corriendo en el patio. En los columpios, los juegos mecánicos y a veces, hasta cerrando los ojos frente a mi ventana. Fue cuando de cierto modo, comprendí que el camino era un asunto metáforico y que la vida y la contemplación de la misma podían resultar en viaje. Así fue como empecé a escribir notas sobre las cosas que he disfrutado. Hace poco me encontré con el inconveniente de que cargar libretas puede terminar en perder libretas y decidí unirme a este mundo virtual con el fin de utilizar mi teléfono y compartir con quien quiera leer, parte de mi contemplación de la existencia, pero más especifícamente percepciones de lugares, sabores, colores, olores y texturas que podrían ser utiles para aquel que, como yo, haya disfrutado del camino. Un abrazo entonces al viajero ávido de viento. 

Karla Adalhí. 

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